(Aquello que definitivamente no era pero tenía sentido, en consecuencia)
Verás a mi me gustaba estar con él.
A pesar de todas las incoveniencias y las heridas que se abrían a cada roce con la vida.
Aquel castillito de libros y cuadros que construyó para mi era un sitio agradable que comunicaba pasadizos secretos con su existencia y elevaba puentes discretos para dejarme pasar a su lado de la cama y al párrafo siguiente de su vida.
Recuerdo como Gatopardo y yo contemplábamos nuestra decadencia las soleadas tardes de domingo, contando las horas para la fuga.Y como una vez ya convertidos en antepasados recientes para el otro la memoria adquirió una nueva perspectiva que nos hizo creer en la posibilidad de la permanencia.
Aferrados como estábamos al cálculo estadísitico ,con resultados apretados,encajados en fórmulas imposibles para la convivencia,la vida nos sucedía como un acontecimiento aleatorio como un experimento incontrolable, en una guerra ardiente, de idas y vueltas de marchas y reencuentros, de te quiero pero no puedo de puedo,de quiero pero ahora no puedo.
Hasta que llegaron órdenes precisas de Cabo Cañaveral.
Fuí llamada a la misión espacial.En algún punto del universo nacían planetas y yo necesitaba crecer con uno.
Durante el despegue advertí que en el pliegue sentimental que formaba mi traje espacial colgaba el hilito de la dependencia.
Y cómo dos zeppelines se cruzaban en armoniosa danza acrobática desde mi ojo izquierdo al derecho.
El piloto de uno de ellos estornudaba,por eso parecía que lloraba mientras te decía adios.
...Qué bonito se veía el castillito de Gatopardo a un año luz!.
Era bonito...si, con sus puentecitos y sus libritos y sus mazmorras y sus almenas y su banderitas de la china comunista...
Pero........ay!
en mi planeta hay flores y mamíferos.
Y el sexo,
es humano.