Houston-Calle Larios, hora espacial
Entonces se pone a llover.Y salgo de la FNAC con los libros que me comprometí a comprar y con la oreja pegada al móvil hablando con el norte, explicando a mi interlocutora lo mucho que me cuesta poner el GPS emocional hacia el lugar donde habita el olvido.
Y recorro las calles de esta ciudad, que me parece hermosa, que chorrea tinta indeleble por alguna parte. Y diviso el CAC a mi derecha y los árboles más abajo que cierran la cúpula que nunca termina de la Alameda Principal.Y saludo a la librera y algunos modernos que debí encontrarme con Keki en alguna fiesta monichera.Y paso por el antiguo edificio de la Diputación de la Plaza de la Marina y cojo el paseo del parque para mojarme un poco más. Y me río con los turistas que me preguntan por la casa natal de Picasso y les indico cómo llegar a la plaza de la Merced. Y me conmueve pensar que esta ciudad que me legó sus calles y que me pertenece ahora más que nunca tiene siempre sitio para uno más.
Al final del parque diviso un trozo del mar mediterráneo, algunos ciclistas que siguen el ritmo de la lluvia africAnA y me decido a llegar a mi cita atravesando el túnel de la Alcazaba increíblemente silencioso para ser hora punta. Y en el café negro me siento a tomar el vermú a la hora del té algo que sólo es posible en esta ciudad canalla, aterradoramente acogedora . Y me río con E, que me ve un poco melancólica y más delgada.Y compruebo como me encanta escuchar los proyectos de los amigos y me gusta pensar, creer que tengo un trabajo que me permite dar curso a las iniciativas que se cuecen en la cocina sentimental de los ciudadanos de ninguna parte que se refugian en esta ciudad canalla, ciudad grande escrita en letra minúscula, poderosamente insinuante y cómoda.
Una ciudad es lo menos parecido a un buzón de sugerencias, me digo, mientras dirijo mis pasos al centro comercial, donde me encuentro con Vicente y Charo.
Charo me invita a café y me acoge con la gratitud de quien sabe el camino más hermoso, con su inteligencia práctica, organizada, de abogada curtida y sabia.
De vuelta a casa siento el ritmo solidario que marcan las agujas de los relojes que nos acompañan.
Miro el cielo que se despeja como quien termina la jornada de su vida.
Y entonces me doy cuenta de que el astronauta desconoce que este es su sitio.
Ningún otro.